Diez y cuarto de la noche. La cena ya pasó, los niños por fin se durmieron y en la sala la televisión habla sola. Justo cuando el cuerpo empieza a soltarse, vibra el celular.
“Una cosita rápida, ¿me confirmas lo del pedido de mañana?”
Es el jefe. Con carita feliz, eso sí, para que se note el cariño.
Contestar toma treinta segundos. Lo que viene después toma la noche entera. La cabeza se devuelve a la oficina sin pedir permiso: repasa el pedido, se acuerda del cliente que llamó bravo, del correo pendiente. A la medianoche sigue mirando el techo. A las tres se despierta pensando en la bodega. A las seis suena la alarma, y arranca otro día como si nada.
Pero sí pasó algo. Esa persona llega al trabajo puntual, con ojeras de mapache y un dolor de cabeza que no le quita ni la segunda taza de tinto. Tiene guayabo, y lo curioso es que no se tomó ni una cerveza.
Así, sin firmar nada, nació el turno más largo del país: empieza cuando usted sale de la empresa y termina cuando el celular se descarga. No sale en el contrato ni tiene recargo, pero se cobra.
Antes de seguir, una aclaración necesaria: el jefe que escribe a esa hora casi nunca es el villano de la película. Suele ser alguien juicioso que se acordó de algo y prefirió soltarlo antes de que se le olvidara. Lo que hace daño es una idea que se coló sin que nadie la aprobara: que estar disponible todo el tiempo es lo mismo que ser productivo. Tiene cara de sentido común, y la ciencia lleva años desmintiéndola.
Para el cerebro, un pendiente a medianoche se parece demasiado a una amenaza. Cuando llega el mensaje, se dispara el estrés, sube el cortisol y la mente se pone en guardia, justo a la hora en que debería estar apagando luces para dormir. En neuroseguridad laboral a eso le decimos estado de alerta permanente: la persona se acuesta, pero su cerebro se queda de turno.
Y ni siquiera hace falta responder. Un equipo de Virginia Tech, liderado por el profesor William Becker, estudió a empleados de los que se espera que revisen el correo del trabajo fuera del horario. El hallazgo es incómodo: basta con la expectativa de tener que estar pendiente para que aparezca la ansiedad y se resienta la salud. Y el golpe alcanza a la pareja, que también termina más tensionada. Los investigadores lo dijeron mejor que nadie: la flexibilidad mal manejada se vuelve trabajo sin límites.
La psicóloga alemana Sabine Sonnentag lleva años mirando la otra orilla, la de quienes sí logran desconectarse en su tiempo libre. ¿Qué encontró? Que esas personas llegan al día siguiente con menos agotamiento y más ganas de trabajar. El descanso es el mantenimiento que el cerebro necesita para arrancar en la mañana, y cada “cosita rápida” le quita un tornillo.
Ahora llévese esa escena a las nueve de la mañana. Un cerebro que no descansó reacciona tarde y se distrae con cualquier cosa. Entonces el jefe, el mismo de la carita feliz, lo ve equivocarse en algo sencillo y le pregunta, medio en broma, medio en serio: “¿Usted en qué está pensando?”. La respuesta honesta sería: “En el mensaje que usted me mandó anoche”. Nadie la dice, claro.
El celular, además, no pregunta en qué trabaja usted. Le escribe igual al diseñador que ajusta la presentación a medianoche, a la cajera a la que le piden confirmar el inventario desde la casa, al mecánico al que le consultan por un carro un domingo y a la coordinadora que resuelve turnos mientras acuesta a los hijos. El oficio cambia; la cabeza trasnochada que llega al otro día es la misma.
Vamos a lo que le importa a cualquier empresa: la plata. El mensaje de las diez le ahorró al jefe una llamada a las siete. A cambio, recibió al otro día a un trabajador trasnochado, lento y de mal genio. Si pasa de vez en cuando, nadie se muere. Pero cuando se vuelve costumbre llegan los errores, los reprocesos, las incapacidades por estrés laboral y, más temprano que tarde, la carta de renuncia de alguien que sí sabía hacer bien su trabajo. Llamarlo compromiso es un chiste: es mala salud con buena ortografía.
Hay un dato más, y no es menor. En Colombia, desde 2022, la desconexión laboral es un derecho. Cada empresa debe tener una política que garantice que, terminada la jornada, nadie está obligado a contestar mensajes, correos ni llamadas del trabajo. La ley deja por fuera a los cargos de dirección, confianza y manejo, a los trabajos que por su naturaleza exigen estar disponibles y a las emergencias de fuerza mayor; para todos los demás, el descanso no se negocia. Y la empresa que no tiene esa política, o que la tiene pegada en la cartelera mientras el grupo suena a medianoche, está incumpliendo y desgastando a su gente al mismo tiempo.
Tranquilo, nadie va a proponerle que vuelva al fax. Lo que funciona es más sencillo: definir cuáles son las urgencias de verdad y por dónde se avisan, y dejar que todo lo demás espere hasta la mañana. Ayuda mucho que los jefes den ejemplo, porque el gerente que escribe a medianoche, aunque ponga “contesta mañana”, está diciendo con los hechos que el descanso es opcional. Y el riesgo psicosocial tiene que salir de la encuesta archivada para convertirse en decisiones reales sobre horarios y cargas.
Ahí un SG-SST bien hecho cambia las reglas del juego. Cuando el sistema de gestión de seguridad y salud en el trabajo se diseña con ingeniería en riesgos laborales y con el cerebro de la gente en el centro, la desconexión deja de ser un papel firmado y se vuelve una práctica que se nota en la atención, en la salud mental en el trabajo y en los números.
En SISGEN lo vemos a diario en las empresas que visitamos: muchas veces, el cambio más rentable es también el más sencillo. Ordenar cómo se comunica la gente y respetar las horas en que la cabeza descansa no cuesta una máquina nueva, y sin embargo se nota en la operación desde la primera semana. Ahí es donde la neuroseguridad laboral aplicada deja de ser teoría y se vuelve resultado.
Así que esta noche, amigo empresario, cuando tenga el dedo encima del botón de enviar, cuente hasta tres y hágase una sola pregunta: ¿esto no puede esperar a mañana? Casi siempre puede. Y si lo deja quieto, mañana le llega algo que ningún mensaje le puede dar: gente que entra descansada.
Porque un cerebro que no apaga de noche tampoco prende de día.
SISGEN AMBIENTE & SST O.M SAS.
SG-SST con enfoque en neuroseguridad: trabajamos cómo piensa y decide su gente para prevenir accidentes y proteger su patrimonio.
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